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El fin del consenso económico

PARÍS – Las crisis someten a los gobiernos a duras evaluaciones. En 2008, la mayoría actuó en forma deficiente cuando el mundo desarrollado se sumió en el caos financiero. Y unos pocos años más tarde la mayoría de sus líderes habían perdido las elecciones cuando el enojo de la gente alcanzó su punto máximo. Hasta ahora, los gobiernos respondieron mucho mejor frente a las secuelas económicas por el impacto de la COVID-19. ¿Los recompensarán los votantes?, ¿o los sistemas democráticos serán, una vez más, presa de la furia popular? Nuestro futuro político depende de la evaluación que hagan los votantes del desempeño de los líderes de sus países.

Retrocedamos primero hasta el 15 de septiembre de 2008, cuando el banco de inversión estadounidense Lehman Brothers se declaró en quiebra. Sobrevino el caos financiero y la economía cayó en una recesión. Los gobiernos salieron apresuradamente a tratar de limitar los daños. Su respuesta económica inicial fue hábil, pero no en términos políticos: los acusaron de rescatar a los codiciosos banqueros a quienes antes habían dejado sin supervisión.

Luego llegaron los errores graves. En Europa las equivocaciones comenzaron con una respuesta sorprendentemente incompetente frente a la brusca interrupción del flujo de capitales hacia Grecia, Irlanda y Portugal, algo que casi transformó problemas menores en un desastre para la zona del euro. Luego vino una consolidación fiscal prematura, que desbarató la recuperación. Europa sufrió una recaída en la recesión, el desempleo se disparó y disminuyó el apoyo a los gobiernos. Los encontraron, sucesivamente, dormidos al timón, complacientes y despistados.

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