EDIMBURGO – Con la aprobación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas en 2015, los gobiernos del mundo se comprometieron a eliminar el hambre y la pobreza. Pero hoy que estamos cada vez más cerca del plazo (2030) que se fijó para cumplirlos, un abismo separa las aspiraciones iniciales de las realidades. La de 2020 va camino de ser una década perdida para el desarrollo, y la lentitud de los avances afecta sobre todo a los niños más vulnerables del mundo.
El futuro que imaginaban los ODS está quedando fuera de nuestro alcance. Se prevé que en 2030 unos 620 millones de personas vivan en la pobreza extrema (definida por el Banco Mundial como contar con ingresos inferiores a 2,15 dólares al día). Los avances hacia la erradicación del hambre se estancaron hace más de una década. Al ritmo actual, en 2030 habrá 582 millones de personas con desnutrición crónica: el mismo número que hace una década, cuando se aprobaron los ODS.
Esta divergencia creciente entre las aspiraciones y los logros afecta en particular a las personas de menos de 18 años. Los niños constituyen alrededor de un tercio de la población mundial, pero más de la mitad de los pobres del mundo. Hoy 237 millones de los 333 millones de niños que viven en la pobreza extrema se encuentran en África subsahariana. Según nuestras estimaciones, basadas en proyecciones de la ONU y del Banco Mundial, la cifra aumentará a 326 millones en 2030.
La desnutrición se está cobrando un precio devastador. En los países más pobres del mundo, hay unos 258 millones de niños que viven con hambre (56 millones más que en 2015); y para estos niños, el hambre no es un motivo de tensión ocasional, sino una gravosa realidad de la vida diaria. La desnutrición crónica lleva a que millones de niños sufran retraso en el crecimiento (uno de los principales factores de riesgo para el desarrollo cerebral). Aunque las tasas de retraso en el crecimiento están en caída, el ritmo de disminución es sólo la cuarta parte de lo que se necesita para cumplir los ODS, y se mantienen por encima del 30% en Asia meridional y África subsahariana. A este ritmo, la cantidad de niños con retraso en el crecimiento será 36 millones más que si se cumplieran los ODS relacionados con el hambre.
La pobreza y el hambre son devastadores para la educación y la movilidad social. Unos 84 millones de niños corren riesgo de quedar fuera de la escuela de aquí al plazo de 2030, y eso menoscaba los avances hacia la educación universal. Muchos adolescentes privados de educación se ven obligados a trabajar y casarse antes, y eso frustra sus esperanzas de un futuro mejor. Y el hambre en las aulas es un potente obstáculo a la concentración y al aprendizaje.
El debate sobre los ODS suele terminar en un coro de lamentos por la falta de avances, pero los niños pobres y hambrientos necesitan más que eso. Necesitan políticas prácticas que puedan cambiar sus vidas de aquí a 2030. Por eso promovemos una gran iniciativa por la universalización del almuerzo escolar en los países más pobres, respaldada por un nuevo mecanismo mundial de financiamiento.
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Diversos programas en India, Brasil y muchos otros países han demostrado que la provisión de comidas escolares mejora la nutrición, permite a los niños aprender sin tener que luchar contra los efectos debilitantes del hambre y es la forma más rentable de reducir la pobreza infantil. Para las familias más pobres, el almuerzo escolar es una transferencia en especie, que alivia la presión sobre el presupuesto familiar y permite a los niños seguir estudiando. La provisión de comidas escolares aumenta la matriculación y reduce las tasas de abandono escolar, sobre todo entre los niños más pobres. También ayudan a los niños a aprender más. En Ghana, un programa de alimentación escolar a gran escala generó mejoras educativas equivalentes a un año adicional de escolarización.
Además, la compra pública de los insumos para el almuerzo escolar tiene el beneficio añadido de crear oportunidades económicas para las comunidades rurales, donde vive alrededor del 80% de las personas aquejadas de pobreza extrema. En Brasil, un tercio del presupuesto para comidas escolares se destina a pequeños agricultores, lo que vincula una dieta sana para los niños con un aumento de la resiliencia y sostenibilidad de las economías locales.
Según un estudio de la Iniciativa de Financiamiento Sostenible de la Coalición para la Alimentación Escolar, extender la provisión de este servicio a otros 236 millones de niños en los países más pobres del mundo costaría 3600 millones de dólares al año de aquí a 2030. Buena parte de esa financiación la pueden aportar los gobiernos de los países en desarrollo, pero aún así se necesitarán otros 1200 millones de dólares anuales de ayuda exterior.
El monto actual de las ayudas al desarrollo está muy por debajo de esa cantidad, y exhibe una fragmentación desesperante. En lugar de invertir en el desarrollo de programas nacionales, los donantes lanzan una lluvia de ayudas que terminan financiando proyectos pequeños e inconexos, a menudo sin resultados duraderos. Sólo una pequeña parte de la ayuda (unos 280 millones de dólares al año) se destina a la alimentación escolar, y en su mayor parte consiste en ayudas alimentarias de Estados Unidos que son menos eficientes y mucho menos eficaces que comprar alimentos a los agricultores locales.
Pero hay una alternativa. Los fondos mundiales para la salud, entre los que se destacan la Alianza para la Vacunación (Gavi) y el Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, consolidan los recursos de los donantes en torno a un objetivo común, dan apoyo a los planes nacionales de desarrollo y obtienen fondos mediante reposiciones trienales y mecanismos de financiación innovadores.
Los mismos principios deberían servir de base a una nueva iniciativa mundial por el almuerzo escolar, y ya hay impulso en esa dirección. La Alianza Mundial contra el Hambre y la Pobreza, liderada por el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, ha identificado como prioridad la alimentación escolar, y el Banco Mundial se ha comprometido a convertirla en elemento central de una estrategia más amplia en pos de reforzar las redes de seguridad social en todo el mundo. Más de cien gobiernos se han unido a la Coalición para la Alimentación Escolar, que trabaja para lograr su universalización en 2030, y varios países, entre ellos Indonesia, Nepal, Etiopía, Kenia y Honduras, tienen sus propios planes ambiciosos al respecto.
Bajo el liderazgo de Raj Shah, la Fundación Rockefeller ha hecho importantes inversiones en el Acelerador de Impacto para la Alimentación Escolar, que da apoyo técnico a los países que buscan ampliar sus programas. El objetivo inicial del acelerador es extender el almuerzo escolar a 150 millones de niños en 2030, más del doble de los que hoy lo reciben en países de ingresos bajos y medianos bajos.
Ahora el reto es aunar estas iniciativas para ampliar su alcance y convertirlas en algo más que la suma de las partes. Un buen primer paso sería crear un punto de contacto único a través del cual los gobiernos puedan presentar propuestas de programas de alimentación escolar y los donantes puedan unificar y coordinar su financiación.
El plazo de los ODS de 2030 está cada vez más cerca, y tenemos que elaborar iniciativas prácticas, alcanzables y asequibles que puedan trascender la polarización política y ofrecer resultados que muestren al mundo una vez más lo que el mundo es capaz de hacer. Y el almuerzo escolar reúne esas características.
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Recent demonstrations in Gaza have pushed not only for an end to the war, but also for an end to Hamas's rule, thus echoing Israel's own stated objectives. Yet the Israeli government, consumed by its own internal politics, has barely acknowledged this unprecedentedly positive development.
underscores the unprecedented nature of recent demonstrations in the war-ravaged enclave.
America's history is replete with episodes in which vigorous government action proved essential to achieving shared prosperity. With a lethal mutation of neoliberalism now destroying US state capacity, understanding what came before has never been more important.
urges the creation of public utilities to accelerate decarbonization and improve living standards.
EDIMBURGO – Con la aprobación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas en 2015, los gobiernos del mundo se comprometieron a eliminar el hambre y la pobreza. Pero hoy que estamos cada vez más cerca del plazo (2030) que se fijó para cumplirlos, un abismo separa las aspiraciones iniciales de las realidades. La de 2020 va camino de ser una década perdida para el desarrollo, y la lentitud de los avances afecta sobre todo a los niños más vulnerables del mundo.
El futuro que imaginaban los ODS está quedando fuera de nuestro alcance. Se prevé que en 2030 unos 620 millones de personas vivan en la pobreza extrema (definida por el Banco Mundial como contar con ingresos inferiores a 2,15 dólares al día). Los avances hacia la erradicación del hambre se estancaron hace más de una década. Al ritmo actual, en 2030 habrá 582 millones de personas con desnutrición crónica: el mismo número que hace una década, cuando se aprobaron los ODS.
Esta divergencia creciente entre las aspiraciones y los logros afecta en particular a las personas de menos de 18 años. Los niños constituyen alrededor de un tercio de la población mundial, pero más de la mitad de los pobres del mundo. Hoy 237 millones de los 333 millones de niños que viven en la pobreza extrema se encuentran en África subsahariana. Según nuestras estimaciones, basadas en proyecciones de la ONU y del Banco Mundial, la cifra aumentará a 326 millones en 2030.
La desnutrición se está cobrando un precio devastador. En los países más pobres del mundo, hay unos 258 millones de niños que viven con hambre (56 millones más que en 2015); y para estos niños, el hambre no es un motivo de tensión ocasional, sino una gravosa realidad de la vida diaria. La desnutrición crónica lleva a que millones de niños sufran retraso en el crecimiento (uno de los principales factores de riesgo para el desarrollo cerebral). Aunque las tasas de retraso en el crecimiento están en caída, el ritmo de disminución es sólo la cuarta parte de lo que se necesita para cumplir los ODS, y se mantienen por encima del 30% en Asia meridional y África subsahariana. A este ritmo, la cantidad de niños con retraso en el crecimiento será 36 millones más que si se cumplieran los ODS relacionados con el hambre.
La pobreza y el hambre son devastadores para la educación y la movilidad social. Unos 84 millones de niños corren riesgo de quedar fuera de la escuela de aquí al plazo de 2030, y eso menoscaba los avances hacia la educación universal. Muchos adolescentes privados de educación se ven obligados a trabajar y casarse antes, y eso frustra sus esperanzas de un futuro mejor. Y el hambre en las aulas es un potente obstáculo a la concentración y al aprendizaje.
El debate sobre los ODS suele terminar en un coro de lamentos por la falta de avances, pero los niños pobres y hambrientos necesitan más que eso. Necesitan políticas prácticas que puedan cambiar sus vidas de aquí a 2030. Por eso promovemos una gran iniciativa por la universalización del almuerzo escolar en los países más pobres, respaldada por un nuevo mecanismo mundial de financiamiento.
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Además, la compra pública de los insumos para el almuerzo escolar tiene el beneficio añadido de crear oportunidades económicas para las comunidades rurales, donde vive alrededor del 80% de las personas aquejadas de pobreza extrema. En Brasil, un tercio del presupuesto para comidas escolares se destina a pequeños agricultores, lo que vincula una dieta sana para los niños con un aumento de la resiliencia y sostenibilidad de las economías locales.
Según un estudio de la Iniciativa de Financiamiento Sostenible de la Coalición para la Alimentación Escolar, extender la provisión de este servicio a otros 236 millones de niños en los países más pobres del mundo costaría 3600 millones de dólares al año de aquí a 2030. Buena parte de esa financiación la pueden aportar los gobiernos de los países en desarrollo, pero aún así se necesitarán otros 1200 millones de dólares anuales de ayuda exterior.
El monto actual de las ayudas al desarrollo está muy por debajo de esa cantidad, y exhibe una fragmentación desesperante. En lugar de invertir en el desarrollo de programas nacionales, los donantes lanzan una lluvia de ayudas que terminan financiando proyectos pequeños e inconexos, a menudo sin resultados duraderos. Sólo una pequeña parte de la ayuda (unos 280 millones de dólares al año) se destina a la alimentación escolar, y en su mayor parte consiste en ayudas alimentarias de Estados Unidos que son menos eficientes y mucho menos eficaces que comprar alimentos a los agricultores locales.
Pero hay una alternativa. Los fondos mundiales para la salud, entre los que se destacan la Alianza para la Vacunación (Gavi) y el Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, consolidan los recursos de los donantes en torno a un objetivo común, dan apoyo a los planes nacionales de desarrollo y obtienen fondos mediante reposiciones trienales y mecanismos de financiación innovadores.
Los mismos principios deberían servir de base a una nueva iniciativa mundial por el almuerzo escolar, y ya hay impulso en esa dirección. La Alianza Mundial contra el Hambre y la Pobreza, liderada por el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, ha identificado como prioridad la alimentación escolar, y el Banco Mundial se ha comprometido a convertirla en elemento central de una estrategia más amplia en pos de reforzar las redes de seguridad social en todo el mundo. Más de cien gobiernos se han unido a la Coalición para la Alimentación Escolar, que trabaja para lograr su universalización en 2030, y varios países, entre ellos Indonesia, Nepal, Etiopía, Kenia y Honduras, tienen sus propios planes ambiciosos al respecto.
Bajo el liderazgo de Raj Shah, la Fundación Rockefeller ha hecho importantes inversiones en el Acelerador de Impacto para la Alimentación Escolar, que da apoyo técnico a los países que buscan ampliar sus programas. El objetivo inicial del acelerador es extender el almuerzo escolar a 150 millones de niños en 2030, más del doble de los que hoy lo reciben en países de ingresos bajos y medianos bajos.
Ahora el reto es aunar estas iniciativas para ampliar su alcance y convertirlas en algo más que la suma de las partes. Un buen primer paso sería crear un punto de contacto único a través del cual los gobiernos puedan presentar propuestas de programas de alimentación escolar y los donantes puedan unificar y coordinar su financiación.
El plazo de los ODS de 2030 está cada vez más cerca, y tenemos que elaborar iniciativas prácticas, alcanzables y asequibles que puedan trascender la polarización política y ofrecer resultados que muestren al mundo una vez más lo que el mundo es capaz de hacer. Y el almuerzo escolar reúne esas características.